Que a alguien como a mí, que le gusta hablar más que a un tonto un lápiz, ya es señal alarmante de crisis nerviosa.

Llevo días agotado del esfuerzo mental que realizo para no dar rienda suelta a todo lo que se me agolpa en la punta de la lengua, o, en este caso, en la punta de los dedos.

Estoy harto del tema de Cataluña, no por lo cansino que es, sino porque no hay manera de que nadie lo trate como es debido. El caso de Cataluña es conocido desde 1714, al final de la Guerra de Sucesión Española, pero ya mucho antes, los territorios catalanes, adyacentes al Condado de Barcelona y parte del Reino de Aragón eran un dolor de cabeza para reyes y ministros. Y ahora nos empeñamos en enfocar el tema como un «choque de trenes» que se debería haber evitado estos años anteriores con política.

Y todos olvidamos que durante esos años, los catalanistas han ido ignorando la política, las leyes y la decencia para ir robando, anexionando voluntades y ejerciendo violencia simbólica y real sobre los ciudadanos españoles que residían en aquel territorio, propiedad de todos nosotros de disfrute usufructuario y que los que allí residen se empeñan en apropiarse por supuestos derechos de propiedad sobre un territorio indivisible, como las herencias ab intestato.

Olvidamos con facilidad que todos somos de España, pero que España no es nuestra, como Cataluña no es de los catalanes. Olvidamos las continuas ofensas y calumnias de los independentistas que no tienen reparo en acusarnos de ladrones con el «España nos roba» pero a los que no se les puede decir que son unos sinvergüenzas caraduras, hipócritas que, a sabiendas, llevan engañando al pueblo catalán con leyendas y una historia falseada cuyo fin último es apropiarse de un territorio para establecer de nuevo el territorio feudal que obligaba al Rey de Aragón a defenderlo sin aportar armas, hombres o dineros y que cuando dicho ejército vivaqueaba, los segadores les cortaban el cuello.

Unos independentistas que por no aportar armas al ejército español que luchaba contra el francés para defenderlos, por no pagar, se ofrecieron al Rey de Francia, le cedieron la entrada de sus ejércitos por el Puerto de Barcelona y se declararon vasallos bajo su protección, todo para perder a consecuencia de ello, más dinero y hombres de los que les pedía su rey de Aragón y en el camino perder el Rosellón y la Cerdeña (Que inefable Pau Clarís, el más tonto e hijo de puta de la historia del independentismo catalán).

Y somos tan tontos que cuando estos sinvergüenzas hablan con apariencia de sensatez, con aires de ofendidos, con ínfulas de demócratas tiranizados por un estado judicial, no tenemos el carácter de decirles que son unos sinvergüenzas que nos quieren robar  un trozo de nuestro territorio y que en la historia de la humanidad, los conflictos, de los locos acaban cuando chocan con otros locos más fuertes y que un par de hostias a tiempo quitan mucha tontería.

Uno de los principios de «Estatidad» es el de tener fuerzas armada propias, porque un Estado debe poder defender sus fronteras y sus leyes. Pues bien, por muy prudente que quiera ser un gobierno de la Nación, si llegado el caso hiciera falta, España tiene Ejército y aunque eso es lo que están deseando para hacerse las víctimas, una buena somanta de hostias bien dadas, un juicio como el de Company y 30 años de cárcel, en plena república que ellos tanto desean, son un ejemplo que no deberían olvidar y que parece que nosotros hemos olvidado.

Repito… ¡Estoy hasta las gónadas de hijos de puta, de hipócritas, de miserables y del tema de Cataluña! Que llegue ya el uno de octubre, que hagan el gilipollas y que les demos  un buen trompazo, en el bolsillo y con vacaciones pagadas en Soto del Real, que creo que allí la misa la dicen en castellano.

Perdón por el lenguaje soez pero, como habrán podido comprender, este es un desahogo por lo que llevo y por lo que me queda de aguantar tonterías… Que tengan todos un buen día.