Johann Christoph Friedrich Schiller dijo una vez que los votos no deberían contarse, sino pesarse. Y es que este Schiller era todo un personaje que con igual contundencia y seguridad  se preguntaba ¿Qué era la mayoría?, para contestar sin titubeos que era un absurdo, puesto que la inteligencia ha sido siempre cosa de pocos. Por su parte Rousseau, en el preámbulo de "El Contrato Social", afirmaba que basta el derecho que tenía a votar para imponerse el deber de enterarse de los asuntos públicos.

En democracia, cada poco tiempo se cuestiona si se debería incentivar institucionalmente a los ciudadanos para que acudan a votar. Algunos países, no sólo incentivan, sino que obligan, sancionando económicamente a quien no lo haga justificadamente. Lo que no incentiva en forma alguna es el puñetero "buzoneo"; coste innecesario que no pagan los políticos, sino nosotros, los ciudadanos, como si no fuésemos capaces de entrar en una cabina y coger la papeleta que nos dé la gana.

Llegados a este punto, y dado que carezco del sentido del ridículo, doy rienda suelta a mi creatividad divergente y elucubro sobre cuál sería una buena forma de hacer concurrir a Schiller y Rousseau a la hora de elegir en unas elecciones.

Como Schiller, pienso que la mayoría nunca elegirá lo mejor, pues por simple significación estadística, la mayoría es mediocre, y la información que maneja para su toma de decisiones, encima, es mínima, fragmentada y mediatizada.  ¿Procedemos, pues, como sugiere Schiller a pesar los votos, en vez de contarlos? ¡Pues no sería tan mala idea! Veamos.

Mi tía María Luisa tiene 95 años apenas si sabe leer, es falangista porque, según cuenta, durante la Guerra Civil, los "rojos" quisieron matar a mi abuelo. Del resto de circunstancias actuales, programas políticos, paro, salarios, coyuntura nacional e internacional..., no entiende ni "papa", luego… ¿Debe contar su voto lo mismo que el de un ciudadano informado, en el paro o con un salario de subsistencia, con carrera universitaria y comprometido con posturas políticas, sean cuales sean éstas?

La Democracia dice que sí, pero la Democracia la heredamos de los griegos que ni por asomo aplicaban eso de que todos los votos eran iguales. Sólo votaban ciudadanos cuya valía era reconocida en el ágora por sus iguales y tampoco votaban las mujeres ni los ilotas, mitad sirvientes, mitad esclavos y sin derechos. Pero estamos en el Siglo XXI y ahora todos tenemos los mismos derechos, lo que, en absoluto, quiere decir que seamos iguales. Entonces, ¿Qué hacer?

Pues considerar imponer a la Mayoría lo que Rousseau se imponía a sí mismo voluntariamente... ¡La obligación de enterarse de la cosa pública! Juntemos todo esto y cambiemos la Ley.

Mi propuesta, más seria, meditada y práctica de lo que parece por el tono, sería la siguiente: Impongamos a los ciudadanos la obligación legal de votar (Como en muchos países), aunque sea en blanco o marcando una casilla que diga "no voto" u otra que diga "me abstengo"; para cubrir todas las posibles opciones que un ciudadano puede adoptar.

Hagamos obligatorio aprobar un examen acerca de las cuestiones a votar, como sus conocimientos de los programas electorales, situación del país, principales opciones y cambios posibles, etc.

 Con arreglo a la calificación que obtenga de ese examen, establezcamos un «índice corrector» que pondere el «peso» de cada voto.  Quien no apruebe el examen (No haya cumpla con la obligación de enterarse de la "cosa pública"), no podrá ejercer su derecho al voto y como no habrá votado, habrá incumplido la obligación legal de votar y se le impondrá una sanción administrativa, por ejemplo, de servicios a la comunidad.

Con esta fórmula eliminaríamos gran parte de las distorsiones que provocan la abstención, la ignorancia, la desidia y el conformismo… ¡Se eliminaría lo peor de la mediocridad de la Mayoría!

Vamos, que con la nota del examen para votar, podría establecerse un "peso objetivo" para cada voto, como sugería Schiller; acortaríamos la distancia entre la ignorancia de la mayoría y la sabiduría de los pocos, que aquél repetía, e impondríamos a los ciudadanos la obligación de enterarse de la "cosa pública" como pedía Rousseau… ¡No me digan que la solución no es seductora!

Como imagino que siguen tomándoselo a chufla, sigo… Lo del examen no sería técnicamente difícil con los actuales medios telemáticos. Cada cierto tiempo nos tenemos que pasar unas pruebas para renovar el carné de conducir, y ello para algo que a lo sumo afectaría a unas pocas personas en un caso de accidente. Las vidas de esas personas lo justifican y yo estoy de acuerdo.

Pero es que las malas elecciones en unos comicios también cuestan vidas y muchas más, ¡O si no, que se lo pregunten a los enfermos de cirrosis hepática o a los de la talidomida, o a los que mueren esperando una ambulancia porque los recortes las han reducido, o a quienes tenemos hijos en un sistema educativa que está considerado el segundo por la cola de toda Europa, por los recortes en Educación!

Y en cuanto a lo de sancionar por no aprobar… Bueno… Yo opino que si se le puede sancionar a uno por tirar basura en la calle, también se le debería sancionar por tirar la soberanía de su voto a la mierda.

Seguro que piensa que esto es una utopía, como la del famoso libro de Tomás Moro (Santo, por más señas), que daba ese nombre a una isla donde todo era perfecto. Utopía, del latín "Untopos", donde el sufijo "topos" significa "lugar" y el prefijo "Un" es "no", con lo que viene a significar "no lugar", ¡Que no existe!; un lugar imaginario tan perfecto como inexistente.

Utopía fue la primera obra con ese nombre, pero no fue la primera que retrataba un lugar utópico. Otras dos obras antes la precedieron… El Génesis de la Biblia, con su descripción del Edén, y La República, de Platón, donde el filósofo griego, a través de varios personajes, entre ellos su propio maestro Sócrates, describe una sociedad perfecta, gobernada por reyes filósofos, jueces justos y ciudadanos formados. En realidad la obra se llamaba "Politeia", pero al traducirla al latín, los romanos la titularon "Res Pública" (La Cosa Pública), de donde nació la palabra actual República.

Así, pues, tras el Génesis de la Biblia, la República de Platón y la Utopía de Tomás Moro, yo propongo la Cuarta Utopía…La del voto informado, y pesado, y si piensan que, como toda utopía, por propia definición, no puede existir, haciendo honor a otro grande del ingenio humano, Thomas Alba Edison, ¡Ruego a aquellos que crean que esto es imposible, que al menos no molesten a quienes lo estamos intentando!