ES FÚTIL DISCUTIR

Una vez, alguien dijo que China era un país de 30 metros, porque a más de 30 metros, todo lo que se ve, maravilla, pero si acortamos la distancia de observación, empezamos a apreciar la decadencia y el abandono de sus estructuras. Las pagodas muestran sus grietas y su suciedad, los jardines se ven abandonados, su aire es irrespirable y la comida, que en occidente es tan apreciada, allí nos resulta  vomitiva. Es decir, que lo maravilloso de China es más algo interno nuestro que una realidad.

Con las personas suele pasar lo mismo. A veces idealizamos a una persona; tal vez nada exagerado, sino apenas forjarnos una opinión algo elevada de ella. Conocemos algo suyo; un pensamiento, algún discurso, ciertas posturas políticas o sociales, y nos identificamos con ellas y con quien las tiene. Pero luego, cuando se entra en el cuerpo a cuerpo, cuando una idea, aunque buena, está sustentada en informaciones sesgadas; cuando los razonamientos están impregnados de prejuicios y cuando las líneas de razonamiento tienen más de sofismas que de lógica, de repente, vemos las grietas, la falta de solidez, o su acerbo más falaz.

Hay una gran distancia entre conocimientos y sabiduría; Einstein solía quejarse de cuántas mentes se echaban a perder por una buena memoria, y es que, según dicen los que saben de ello, hay dos tipos de mentes casi diametralmente opuestas en su forma de funcionar: Las que tienen gran capacidad de recordar muchos detalles y las que funcionan de forma aparentemente inconexa de la memoria, incapaces de retener detalles claros pero que funcionan en modo esférico, es decir, con una percepción holística de los fenómenos que observan.

Las primeras, como decía Einstein, suelen verse muy perjudicadas por su aparente don de retener datos, porque existe un sesgo cognitivo, llamado Sesgo de Confirmación, que consiste en aceptar más fácilmente la información que confirma nuestras hipótesis, renunciando a analizarla con un escrutinio objetivo; un sesgo que se ve reforzado por su contrario; el Sesgo de Disconformidad por el que desechamos críticamente la información que contradice nuestras creencias, tendiendo enérgicamente a descartar razonamientos mejor estructurados, si el resultado de los mismos contradicen nuestras hipótesis. Y es ahí donde la memoria juega en contra de quien disfruta de ella porque le es fácil encontrar muchos recuerdos que le ayudan a motivar sus posturas, aunque el empleo de los mismos sea inconexo o falaz, en una falacia conocida como “Defensa de Estatus”; sentimiento que nos da una falsa seguridad y que nos hace desear que las cosas no cambien, pues nos ha costado un trabajo ímprobo llegar al actual statu quo. Es un pensamiento destinado a evadir cualquier cambio en aquellas rutinas que nos aportan sensación de seguridad. Es un pensamiento conservador.

Tanta importancia concede nuestro cerebro a su statu quo que ha desarrollado toda una batería de prejuicios para protegerlo. El sesgo Efecto de Cesión es la tendencia humana a dar más valor a algo tan pronto como lo poseemos. Como nuestras ideas son nuestras… (¡Las poseemos!), les damos mucho más valor, y si llegamos a columbrar que falta un sustento razonado y objetivo, nuestro subconsciente dispone de otro sesgo, conocido como Percepción Selectiva, por el cual omitimos información contraria a nuestros postulados, y el Sesgo de Disconformidad, que se encarga de realizar un escrutinio crítico de la información que contradice nuestras creencias.

Además, en el transcurso de una discusión, lo normal es que vaya surgiendo, casi sin querer, una cierta antipatía hacia aquél que nos contradice, dando paso a otras dos falacias conocidas como Efecto Keinshorm, o predisposición a contradecir las ideas o formulaciones de aquél con quien no simpatizamos, y la conocida como Efecto de Polarización, cuando por nuestros prejuicios personales evaluamos críticamente las creencias del contrario, mientras que las nuestras las evaluamos más satisfactoriamente.

Finalmente, voy a citar un último sesgo llamado de Punto Ciego, que es la tendencia a no darse uno cuenta de los propios prejuicios cognitivos y a verse a sí mismo como más objetivo que los demás.

Pido disculpas a cuantos a lo largo del tiempo hayan podido sufrir mi soberbia, pero siempre me he considerado en la obligación de ser honesto y no dar la razón como a los tontos. Tal vez yo estuviera equivocado, o tal vez no, pero, en cualquier caso, mi opositor de turno me ha merecido siempre la consideración de dedicarle mi sincera opinión. Que siempre haya creído que la razón la tenía yo, no me hace creerme más listo, sino deudor de cierta responsabilidad y escribir estas líneas no es sino un  acto de constricción; una catarsis que egoístamente, yo necesitaba.

Llevado todo esto a la Política, da lugar a un choque entre lo racional y lo social; una dicotomía difícil de conjugar, hasta para el propio Aristóteles que, siendo el paradigma del raciocinio (A él debemos el silogismo aristotélico y su consecuencia, los sorites), al hablar de la Política, tuvo que conformarse con concluir que ésta no era más que «el Arte de lo posible». Hasta el propio Platón, su maestro, fracasó en Siracusa cuando intentó llevar el raciocinio al gobierno de la Magna Grecia; así, pues, ¿Qué puedo pretender yo cuando hago uso del razonamiento lógico contra el uso de los sentimientos?

A día de hoy, en los foros por los que me he ido moviendo, los sentimientos están muy a flor de piel. Reina la perplejidad, las expectativas frustradas, la desazón y la incertidumbre del porvenir de proyectos vitales para muchos, y sobre todo, el enfrentamiento entre posturas, líneas de pensamiento o conceptos que más parecen primos que hermanos.

Además, la falta de control en estos foros y la facilidad para introducirte en ellos y decir cuánto se te ocurre, hace que aquél que está convencido de tener razón, a poco que tenga algún minicargo de responsabilidad, no duda en hablar desde tal cargo, no con las ideas que representa, sino con las suyas, como si aquellas fueran las oficiales. Y claro, se arma la «Marimorena», surgen las contras y recontras; las discusiones pasan a lo personal, se exacerban los sentimientos y suben los tonos y de la controversia racional no queda nada, ni siquiera en temas más generales. Conclusión… ESTE NO ES MI ROLLO.

Suena pedante, pero durante años he desarrollado y aún sigo desarrollando un trabajo que no puede permitirse supuestos ni planteamientos falsos. Todo ha de estar sustentado por pruebas; todas las variables han de contextualizarse y las conclusiones han de estar basadas en una probada interrelación entre ellas y finalmente en la relación causa efecto; vamos, que tengo el trabajo que menos margen deja a la especulación y en el que toda investigación es sometida a la más descarnada contradicción… Y después de 35 años haciendo eso, por mera deformación profesional, no solamente me sale discutir así, a base de abstracciones lógicas, pruebas y relaciones causa-efecto, sino que inmediatamente detecto cuando quien se me opone, da saltos y rompe el hilo causal, aun sin darse cuenta; convencido de que un efecto es producido por determinada causa, o aun peor, confunde otros efectos con causas en sí, sin el ineludible encadenamiento lógico (sorites) y el resultado para mí, ¡La inmensa mayoría de las veces!, es que discutir suele resultarme doloroso, fútil y desolador; a la vez que no puedo dejar de pensar que soy un soberbio por creerme en posesión de un más acertado método de controversia. Otra CONCLUSIÓN: Cada vez me siento peor, más vacío y más desesperanzado, tras cada discusión por esos foros de Dios. Cada vez me reafirmo más en que discutir es la acción más fútil que el ser humano puede llevar a cabo si su intención es hacerlo con seriedad. Visto lo cual, dejo esa actividad y me limitaré a escribir estos artículos que, buenos o malos, acertados o equivocados, no esperan, requieren ni piden contestación, refutación o aceptación. Tal vez por lo mismo, los filósofos escribían sus tratados; para no discutir. ¡En cualquier caso, las discusiones eran posteriores y rara vez eran ellos los que discutían, sino quienes estaban a favor o en contra…! ¡Son ustedes libres de discutir sobre estas líneas si les place; pero no cuenten conmigo!