LA TERCERA ESPAÑA

 Cuando en Facebook, WhatsApp u otras redes sociales, me llaman a expresar con orgullo mi españolidad, quiero abarcar todas las facetas para evitar malentendidos, cosa difícil en un artículo de opinión, por extensión y porque el lector se cansa, pero ¿Cómo separar, si no, el grano de la paja?

 Tras dos elecciones, España lleva ocho meses sin gobierno, todos son españoles y buenos,… salvo los otros, que son culpables. ¡Y luego estamos los que no estamos! (A buen entendedor…) Esa verdadera Tercera Vía, como aquella Tercera España que intentaba abrirse paso entre las Dos Españas de Machado; una división trágica que trata de comprender por qué fracasamos en alcanzar la Modernidad a primeros del S. XX, y en último extremo, el porqué de la Guerra Civil, gestada por la contraposición de tres conceptos recurrentes:

 1. La oposición derecha / izquierda, o «cuestión social» del siglo XIX: con el movimiento obrero en respuesta a la industrialización, el atraso rural frente al «señoritismo» y el «caciquismo» ambos igualmente antisociales, y la debilidad de las clases medias ilustradas y del asentamiento de las profesiones liberales.

 2. La oposición catolicismo / anticlericalismo, que surge con la laicización de las capas populares e intelectuales a mitad del siglo XIX, y que se acentuó a principios del XX, sobre todo durante la Segunda República, especialmente en lo relativo a la enseñanza. Incluso la concesión del sufragio femenino en 1932 tuvo detractores que decían que las mujeres votarían orientadas por sus confesores.

 3. Y la oposición centralismo / nacionalismos periféricos, identificados con la defensa de lenguas distintas al castellano pero socialmente con diferentes orígenes, como el resentimiento contra los inmigrantes atraídos por el crecimiento industrial, de los pequeños propietarios rurales católicos y carlistas en el País Vasco o la burguesía progresista industrial catalana de las ciudades, organizada durante el siglo XIX en la defensa de una política económica proteccionista opuesta al librecambismo de los exportadores cerealistas castellano-andaluces.

 Pese a que cada movimiento, cada grupo, cada facción, llegaba a ser muy distinta de las demás, la tragedia española acababa pudiendo ubicar a cualquiera de ellas en una de las dos Españas, aunque muchos de sus miembros, fueran de la otra. Tan fuerte era la percepción de esa fatal dicotomía que José Zorrilla acabó escribiendo aquello de que: Aquí yace media España, murió de la otra media

 Nacionalistas vascos católicos (incluyendo a sacerdotes) intervinieron en la Guerra Civil en el bando republicano. De la derecha catalana de La Lliga Regionalista de Francesc Cambó partieron los apoyos iniciales a Miguel Primo de Rivera y una significativa parte de los de la sublevación militar de Franco, teniendo muy poco que ver con la Esquerra Republicana de Francesc Macià y Lluís Companys. Y las izquierdas eran notablemente centralistas mientras que los republicanos y la propia masonería, tenían un componente social nada obrero, más cercano a las clases altas o medias, que perseguía un «estado integral» de autonomías regionales, por aquello que se dio en llamar «collevancía»; expresión que surgió en el debate del Estatuto de Autonomía en las Cortes de 1932, notablemente realista y pragmático, en el que intervinieron Azaña y Gasset, y en el que no se marcaba ningún acento trágico ni «excepcional», llegando a afirmar Gasset que: "El problema catalán, como todos los parejos a él, que han existido y existen en otras naciones, es un problema que no se puede resolver, que sólo se puede conllevar... un problema perpetuo... un caso corriente de lo que se llama nacionalismo particularista... las naciones aquejadas por este mal son en Europa hoy aproximadamente todas, todas menos Francia [por]... su extraño centralismo". (sic).

 En definitiva, el concepto trágico de las Dos Españas recoge tanto el nacionalismo periférico, dolido pero orgulloso, como al patriotismo sentido y hasta escéptico de Galdós, aunque sería la Generación del 98 la que convirtiera el debate y la percepción sobre lo español en el centro de su introspección crítica e ideológica.

 El resultado secular de este enfrentamiento entre las Dos Españas ha sido el uso abusivo por parte de Una, de los excesos verbales  de la Otra, de forma que la confrontación y el abismo entre ambas se ha ensanchado, haciendo más difícil la costura que pueda unirlas.

 Identificar lo español con lo católico, está en el origen de la definición intelectual de lo que se acuñó como «Anti-España», usado como descalificativo extensamente aplicado por los nacionalismos separatistas y el movimiento obrero durante la Guerra Civil Española, en un proceso que precisaba identificar al enemigo interior; mientras el autodenominado bando nacional se veía a sí mismo como salvador de España y al bando republicano como los enemigos de ésta 

 El debate entre  Unamuno y Gasset , (éste último con una vocación territorial más amplia), tuvo gran repercusión en Europa, expresado en la conocida disyuntiva de uno y otro entre españolizar Europa o europeizar España, y cuya frase más divulgada fue el ¡Que inventen ellos! De Unamuno, luego replicado por Gasset.

 Afrentas y desigualdades entre Clase Obrera y Burguesía, agravios y luchas por un salario digno e identificación de un bando y otro con la Izquierda y la Derecha y después de la Guerra Civil, entre antifranquistas y afectos al Régimen, sin tener en cuenta que muchos burgueses, eran a la vez nacionalistas antifranquistas. Y, como no, el uso de la identificación de lo español con lo castellano y sus características esenciales, (incluidos supuestos rasgos negativos), por los nacionalismos que los han convertido en sinónimo de atraso, ignorancia, envidia o brutalidad, como en el esperpento de Valle-Inclán.

 Y, sin embargo, muchos miembros de la Generación del 98 sufrieron una deriva transversal, desde posiciones muy críticas con la visión tradicionalista de España, acabando reconciliándose con ésta, sobre todo Ramiro de Maeztu y Azorín, y en cierto modo Miguel de Unamuno y Pío Baroja, mientras que, por el contrario, Antonio Machado y Valle Inclán siguieron el camino opuesto, desde posiciones más «conservadoras» a otras más «progresistas».

 En ambos casos, unos y otros fueron reivindicados a conveniencia por el franquismo o por el pensamiento falangista y el nacionalcatolicismo de los primeros años, como el concepto de Ortega y Gasset de España como «unidad de destino en lo Universal», que se apropió la educación nacionalcatólica. O luego, por los nacionalismos antifranquistas, para denigrarlo; lo que hizo que, en realidad, estos "descolocados", vivieran de forma trágica la separación de las Dos Españas, y todos ellos participaran de una manera o de otra en un cuestionarse por el 'Ser de España' que no tenía una respuesta clara y cuyo más triste ejemplo fue el de los hermanos Machado: Manuel, en el bando nacional y Antonio, en el republicano.

 El debate intelectual de la "Identidad" de España, consustancial al tópico de las Dos Españas, describe la violencia del enfrentamiento sobre la concepción de España, no como concepto de Estado-Nación, en sentido jurídico, sino sobre lo que pretenden dilucidar los pensadores de todos los bandos, facciones, orientaciones políticas y meros ciudadanos, y sobre lo que todos y cada uno de nosotros podemos llegar a entender como "esencia de lo español" y si las diferencias conceptuales de "lo español" han de ser un problema o no tiene porqué. Y es que, volviendo al inefable D. José Ortega y Gasset, como solía decir: «Lo que nos pasó y nos pasa a los españoles es que no sabemos lo que nos pasa»

 Pero si hay algo incuestionable, (Aparte de la estupidez humana), es que, como suele decirse, ¡Hay gente para todo!

 Para muchos intelectuales, políticos, literatos, pensadores… La división entre esas Dos Españas no les daba cobijo, no se reconocían en ninguna de ellas y, además, les parecía falaz. Era asumir el "Falso dilema"; la falsa obligación de conformarse solamente con Dos Españas, cuando el pensamiento divergente, creativo, cosmopolita, abierto, mestizo y civilizado e integrador, podía aportar soluciones allí donde el enfrentamiento fratricida condenaba a España (A las Dos que había), a sucumbir en su propia tragedia. Y así nació la concepción de un término que vino a expresarse como Tercera España, que se atribuye a Salvador de Madariaga, que abría una alternativa a las necesidades y las conciencias de un nutrido grupo social de destacados intelectuales que no se identificaban con ningún bando, al margen de que sintieran mayor o menor simpatía o coincidencia con cualquiera de la Dos Españas

 En ese difuso grupo de la Tercera España están Ortega, Madariaga, Sánchez Albornoz, Menéndez Pidal y tantos otros que soñaron para este país que fuese posible vivir en paz, en libertad, en unión, en progreso y en una democracia liberal. La Tercera España es la del "No era eso, no era eso" de Ortega y Gasset, es la de Julián Marías, la de la Escuela de Madrid, la de la Residencia de Estudiantes y la de aquellos prodigios de la Generación del 27 como Lorca, Alberti, Dámaso Alonso, Gerardo Diego, Pedro Salinas, Jorge Guillén o Cernuda y muchas otras individualidades de todos los ámbitos de la cultura como María Zambrano, Severo Ochoa, Alejandro Casona, Pemán, Miguel Mihura, Enrique Jardiel Poncela, Rosa Chacel, Carmen Conde, Miguel Hernández, Eduardo Torroja, Dalí, Buñuel, Miró, Vicente Aleixandre, Jacinto Benavente, Juan Ramón Jiménez (Los tres, premios Nobel de Literatura), Pau Casals, Manuel de Falla, Picasso o Gaudí.

 El debate de las Dos Españas viene de largo, y para largo va. No es un tema irresoluble. Lo irresoluble es el disentimiento entre los de Una España y los de la Otra. Cuando éramos un Imperio, todos queríamos ser españoles, pero dentro de ese imperio seguía existiendo un abismo entre Dos Españas; la España de los nobles, los hidalgos y los ricos y la España del pueblo llano, explotado y carne de cañón, inculto y visceral.

 Luego llegó la decadencia y el surgimiento de los nacionalismos, represariados más tarde, durante la Guerra Civil y la Postguerra, algo más sensatos en la Transición, por el atractivo que otorgaba el reconocimiento mundial de lo logrado en España tras la muerte de Franco, y ahora enardecidos y desbocados tras haber conseguido casi vaciar de contenido a las Instituciones del Estado.

 Y, sin embargo, nada de eso tiene valor alguno para definir "lo español". Eso sería como afirmar que todos los españoles somos iguales, tenemos los mismos gustos y el mismo carácter. ¡Sería dar validez al tópico de la muñeca vestida de sevillana y al toro de Osborne; al bilbaíno que se afeita en seco ¡Porque es de Bilbao, oye! O al catalán tacaño y maleducado que no te responde si no le hablas en catalán. Y lo mismo cabe decir para cualquier nación. Una vez preguntaron a Churchill qué opinaba de los franceses y él, que era sensato, contestó que no lo sabía porque no los conocía a todos.

 Así que quien pretenda tener la razón sobre lo que es "lo español", está muy equivocado. Los tópicos pueden ser divertidos, pero no dejan de ser sesgos y prejuicios y como tales, falsos, porque no recogen toda la realidad y toda la verdad y por eso, pese a todo cuanto los de Una de las Españas abominan de la Otra de las Españas, ambas perviven, retroalimentándose para desgracia de esa Tercera España, cosmopolita, innovadora, liberal, integradora, sin complejos y que no se deja encasillar.

 Por eso, cuando me invitan a expresar con orgullo mi españolidad, yo me declaro profundamente español de la Tercera España. Aspiro a romper los mitos, los prejuicios, las falacias. Aspiro a seguir mi camino sin importarme ninguna de las otras Dos Españas, porque en el fondo no son dos, ni tampoco tres…, en el fondo sólo hay una España. No la Grande y Libre del Nacional Catolicismo, pero sí una  unidad de destino en lo Universal en el sentido original que concibió Gasset, porque, pese a quien pese y en contra de la mala voluntad de quienes utilizan su uso por José Antonio y su Falange, Gasset lo dijo para constatar que a lo largo de la Historia, con nuestros dimes y diretes, nuestros enfrentamientos y divisiones, los españoles hemos estado unidos por un destino común que nos ha hecho grandes en este universo que es la Historia. Tanto que pese a que llevamos cinco siglos intentando autodestruirnos, no lo hemos conseguido, así que, como decía Bismark, el día que dejemos de intentarlo, no habrá nación más poderosa en el Mundo.

 Por eso, cuando surgen llamadas a expresar mi españolidad, más que decir que me siento orgulloso de ser español, trato, como ahora, de expresar mi orgullo de pertenecer a la Tercera España, que son las Tres Españas juntas; esa especie de Trinidad que en su liberalismo, su cosmopolitismo y su librepensamiento, es la única que reconoce las infinitas Españas de cada uno de los españoles; unos carpetovetónicos, otros centrífugos y los más, españoles a secas que rogamos porque un día se imponga el sentido común y sepamos darnos un gobierno para Todas las Españas. Tal vez, ese día, la Tercera España elija unas siglas ahora denigradas para que la representen y ojalá que esas siglas merezcan el honor, como lo merecen ahora, aunque en el fragor de la batalla de las Dos Españas, algunos, como Gasset en su día, tengamos que seguir repitiendo aquello de "No era eso. No era eso".