Con la retirada de nombres de calles dedicadas a personajes históricos en el candelero, creo necesario poner seriedad y análisis al tema de la “Memoria Histórica” o, como a mí me gusta llamar, memoria histérica. Espero que merezca su interés.

Es justo distinguir dos grupos interesados en este fenómeno; uno de ellos, imposible de criticar, por el componente emocional que conlleva en aquellas personas que anhelan encontrar los restos de sus familiares, desaparecidos en la Guerra Civil o de las posteriores represalias del Régimen de Franco, en la postguerra.  Y luego están aquellos cuyas motivaciones son estrictamente políticas, hasta el punto que denigran a los primeros desde el momento que usan su dolor y legítimo interés, para reforzar posiciones ideológicas que, si bien defienden hechos ciertos, los manipulan para otros fines espurios y, además, olvidan sistemáticamente que la República dejó en la cuneta y en las checas, casi más muertos que el dictador… ¡Pero no dejemos que el horror del Frente Popular justifique el horror de la Dictadura!

Lo cierto es que la Izquierda Radical y los nacionalistas periféricos, apoyados en un sinfín de analfabetos, cuya incultura histórica es supina, han ido construyendo un mito sobre la Transición, según el cual, la nueva realidad democrática de España se ha saltado la historia, forjando un nuevo régimen que en cierta medida perpetua el régimen dictatorial y cuyos únicos rastros democráticos son los que ha bebido de la República, legalmente instituida e ilegalmente derrocada.

Según su mitología, la Transición no está basada en la Historia; olvidada en el intento de enterrar el tufo franquista de los que la construyeron, por lo que es preciso volver al inicio y recordar la verdadera historia… Es el momento de la “Memoria Histórica” y al rememorar esa historia, aparece la necesidad de restituir… de hacer justicia, y con esa tesis, los extremistas de izquierdas y los nacionalistas, dan el marco moral a una “Justicia Histórica” que los resarza a su gusto de lo que ellos opinen que les pertenece.

Todo esto es falaz. La Historia es la que es y hay que dejársela a los historiadores. Como sentenció Heráclito, "Ningún hombre puede cruzar el mismo río dos veces, porque ni el hombre ni el agua serán los mismos". Hoy no tenemos las percepciones ni la situación histórica que vivieron nuestros abuelos; esos mismos que protagonizaron la Transición y que, tanto los de un bando como los del otro, sabían, porque lo habían vivido, que la bis revolucionaria del Frente Popular que se apoderó de una República que sí que intentó ser democrática en la medida que los fanatismos la dejaron, había generado tantos y tan graves conflictos, que nadie quería que se repitieran, y por eso, precisamente, en contra de lo que hoy sostienen los radicales, ¡La Transición sí que tuvo muy en cuenta la Historia! ¡Para no repetir los mismos errores!

Esa es la única finalidad honorable de cualquier intento de memoria histórica: La de evitar errores. No el de cambiar la Historia. Y en cuanto al concepto de “Justicia Histórica”, en mi opinión, la palabra “JUSTICIA” es tan sagrada e imponente que trivializarla o darle valor ideológico, es en sí, un delito de lesa humanidad. Justicia, como decía Aristóteles, es dar a cada uno lo suyo. No es dar a todos lo mismo, ni dar a cada uno lo que él cree que merece. Por eso, todo lo que anteponga la noción de justicia, debe estar reservado a la Justicia legislada; al Derecho Positivo, y todo lo que suponga una revisión anacrónica y retroactiva de hechos cuyas circunstancias nos son ajenas, no es más que una forma artificial de injusticia, cargada de ideología y nunca podrá ser objetiva. De nada sirve que seamos personas que por suerte hemos vivido en una época con ilimitado acceso a la cultura y los libros, si aun conociendo a grandes pensadores, no somos capaces de leerlos y hacerles caso.

Decía Freud que la memoria individual no es de fiar y, menos aún, la suma de memorias individuales; que la Memoria colectiva es un ritual mediatizado por la ideología. Que el Poder lo ritualiza todo para seguir siendo Poder y que, por lo tanto, la memoria ritual no es más que desmemoria, propaganda al servicio de una ideología. Tergiversaciones de la realidad histórica, pero no Historia de verdad.

Historiadores como Santos Juliá, Carmen Iglesias o Juan Carlos Fusí han condenado unánimemente el recurrente tópico de la izquierda de lo que llaman “Pacto del silencio” y expresado su rechazo a que se legislara sobre la Historia, declarando unánimemente que querer imponer una “memoria colectiva” no es propio de regímenes democráticos, sino de totalitarios; y hasta Paul Preston, hispanista británico, afincado en España, del que he leído casi toda su obra sobre nuestra Nación, y les aseguro que no es nada sospechoso para la Izquierda, se expresa con asiduidad contra esta práctica, criticando incluso  la retirada de signos franquistas, porque, buenos o malos, son producto de la historia “Y la historia no se cambia” y ha sentenciado en repetidas ocasiones, en su extensa obra sobre nosotros, que en España hay gente que confunde reconciliación con olvido y memoria con venganza.

La nueva cultura del Internet y la desincentivación laboral para quienes cursan la carrera de Historia ha instaurado entre la juventud la cultura del “presentismo” e instalado entre ellos, como fuentes de información las redes sociales, por lo que quien domina estos medios, domina la formación de opinión de los ciudadanos menos formados académicamente, e incluso de los que sí lo están. Hoy día se impone un fenómeno lingüístico: el “Neolenguaje”; la utilización de nuevas palabras y eufemismos que aparentan marcar distancias con lo antiguo, estableciendo un vínculo falaz entre los mensajes con este tipo de lenguaje actual y artificial, y aquellos otros que, siendo los más veraces, correctos y lógicos, utilizan las expresiones apropiadas de un castellano que es la segunda lengua más hablada del Mundo. El Neolenguaje es progresista y el Castellano correcto es rancio y con tufo a facha.

Queda más “cool” decir “Fake new” que noticia falsa, “Coach” o “personal trainer” que entrenador, “footing” que correr, o trotar… Es el posmodernismo que sustenta ese intenso intento de la izquierda de que se la asocie con el Progreso… Es el progresismo del pensamiento único, o lo que, en un nuevo eufemismo, los políticos de izquierdas se empeñan en denominar “corrección política” de forma que quien no se somete a este chantaje, automáticamente es calificado de moralmente incorrecto. Todo es subjetivo, nada es absolutamente verdad y, por lo tanto, todo es cuestionable. Así que cualquier hecho histórico, contrastado y demostrado, pasa a ser una mera visión subjetiva de quien lo asevera y, por lo tanto, legitima a cualquier otro a contradecir hechos irrefutables, porque solo son visiones subjetivas.

El Posmodernismo, llevado a la política, se transforma en el “pensamiento único”, que, por pertenecer al mundo de la política, ni siquiera es patrimonio de un solo partido político o corriente de pensamiento. El pensamiento único es también conocido como la “revolución silenciosa” o la “Ideología invisible”; una cultura de activistas políticos y de élites sociales de casi todas las instituciones, y cuyo origen, curiosamente, está en las limitaciones democráticas de las instituciones clásicas occidentales, basadas en caciquismos y elitismos que reservaban el derecho al voto a determinados censatarios únicamente, y  si bien adolecían de una verdadera democracia, tenía el poder de dirigir cualquier institución o país, por un camino directo hacia un objetivo concreto; unas veces bueno y otras menos bueno o directamente infame; de ahí que no pudiera evitar que la sociedad y otro tipo de élites, las élites culturales, adelantaran el paso hacia el “igualitarismo”,… hacia la democracia y la democratización del funcionamiento de las instituciones, sobrevalorando como eslogan, la igualdad, y  asimilándola a la democracia, sin tener presente; o , mejor dicho, obviando intencionadamente, lo ya dicho; que no todos somos iguales; ni física, ni mental, ni intelectual y culturalmente; y que igualar a todos no es justicia. Que Justicia es dar a cada uno lo suyo. Que no es lo mismo que todos seamos iguales ante la Ley a que todos recibamos lo mismo, independientemente del esfuerzo que aportemos a la sociedad y a nuestro propio beneficio, vulnerando el Derecho Constitucional a la Propiedad Privada, y sin tener en cuenta que cada Derecho que la Constitución otorga a un ciudadano, es por ley, una obligación de los demás, de respetar dicho derecho, por lo que lo ético, moral y legal, es asumir que la Constitución no solo consagra derechos, sino que, por cada uno de esos derechos, impone el correspondiente contrapeso del deber del resto de ciudadanos de respetar dicho derecho.

La mayor y más irrefutable y empírica prueba de la insensatez del igualitarismo es la experiencia comunista, que enfrentada a la realidad de que es imposible basar una sociedad en tratar a todos por igual, se vio obligada a imponer drásticas coerciones que obligaban a los ciudadanos, en un círculo vicioso que invariablemente comienza con promesas de igualar a los pobres con los ricos, luego, cuando es evidente que no es posible, imponen restricciones a la libertad personal que ahoguen las diferencias, para hacer más aparente una igualdad que es imposible y acaban por establecer un sistema de coerciones que esclaviza, empobrece y destruye la felicidad de sus ciudadanos, imposibilitados de disentir, porque no comulgar con la religión del igualitarismo no es políticamente correcto, y cuando la opresión está más avanzada, oponerse significa en la mayoría de los casos, la aniquilación personal; ya sea la vida, la libertad o el ostracismo.

La historia ha de interpretarse según la mentalidad y las circunstancias objetivas de cada época, pero esa máxima del historicismo es incompatible con el  presentismo ideológico que impera hoy día, cuyas normas, por ridículas que sean, han de ser aceptadas por mor de la corrección política; una corrección política que ya he dicho que no es más que la ideologización de la Historia para adaptarla a los propios intereses, alejando cualquier análisis de la objetividad y del momento histórico analizado.

El resultado invariable de esa corrección política es la creación de un ambiente de supuesta superioridad moral, y de un victimismo que necesitan como justificación la reinterpretación de la historia desde el tan repetido presentismo y obviando el contexto original. Es el mensaje invariable de la Izquierda y de los nacionalistas periféricos… La historia oficial está falseada. Es necesario reescribirla. Esa reescritura demuestra que, históricamente, hemos sido víctimas de modelos opresores. Que lo contrario a opresor es superioridad moral. Que esa superioridad moral nos ha sido arrebatada y es necesario restituirla y como moralmente superiores, los modos, las formas y el lenguaje… Los mensajes y las ideas deben ser acordes a nuestra moral, que es superior; y el resultado, es el “Pensamiento Único”. La mayor falacia y chantaje político que pueblo alguno puede sufrir y contra el que hay que luchar.

El Pensamiento único proclama la Libertad de Expresión para publicitar sus ideas y sus propuestas, pero tacha de inmorales las propuestas que se oponen a su visión… Coarta la libertad de expresión. Y lo que es peor, desde el momento en que asume el control de los medios de comunicación, ya sea comprándolos o por medio de la saturación de las redes sociales, también desaparece lo más valioso… la Libertad de Pensamiento, lógica antítesis del Pensamiento Único.

¡MÁS IMPORTANTE QUE LA LIBERTAD DE EXPRESIÓN, ES LA LIBERTAD DE PENSAMIENTO!

¡MÁS IMPORTANTE QUE LA CORRECCIÓN POLÍTICA, ES EL CORRECTO CONOCIMIENTO DE LA HISTORIA!

¡MÁS IMPORTANTE QUE NINGUNA SUPERIORIDAD MORAL, ES LA SUPERIORIDAD ÉTICA!, PUES DE LA ÉTICA NACE TODA FUERZA MORAL Y SIN ÉTICA LO MORAL SE CONVIERTE EN INMORAL!

© Rubén Martínez G. (La Rebelión del Rebaño: síntesis de uno de los capítulos)