Un Rincón para pensar

En cierta ocasión, el historiador y ensayista escocés Thomas Carlyle cenaba con un hombre de negocios que, eminentemente práctico, y tratando de menospreciarle, le espetó: ¡Ideas, señor Carlyle, eso no son nada más que ideas!, a lo que éste le replicó que hubo una vez un hombre que escribió un libro que no contenía más que ideas, pero que la segunda edición fue encuadernada con la piel de los que se rieron de la primera. Carlyle se refería a Rousseau y a su Contrato Social.
En la política y para tristeza mía, los ideales se supeditan a los resultados y a la conveniencia de los políticos… ¡No tiene cabida la Ética que es la urdimbre de la honradez!
Rousseau vivió toda su vida de la caridad de una mujer rica, huyendo de ciudad en ciudad y desterrado y vilipendiado por todos, y yo me pregunto… ¿Tendría que haber renunciado a sus ideas, cambiado de opinión y así haber vivido bien?, ¿o hizo lo correcto, por encima de lo que le convenía?
A la vista de cómo se repiten similares hechos pero de sentido contrario, todo parece conducir a que hacer lo correcto solo puede ser cosa de filósofos y para los políticos queda hacer lo conveniente.
Una vez, el expresidente Adolfo Suarez dijo que la vida siempre te da dos opciones: la cómoda y la difícil, y que cuando dudemos elijamos siempre la difícil, porque así, por lo menos estaremos seguros de que no ha sido la comodidad o la conveniencia la que ha elegido por nosotros.
Puede que sea muy cómodo llamar “cambio de opinión” a mentir, pero, en lo que a mí respecta, se nos debe juzgar por nuestros actos y no por nuestras opiniones, porque contra hechos no caben disputas.

A diario tropezamos con personas que sin ser conscientes de ello renuncian a esa parte tan esencial de sí mismos que constituye la base del propio provecho personal… ¡Su propia historia, su propia cultura…, ¡Su propia identidad!
Y no renuncian a ella porque la desconozcan, sino porque temen enfrentarse a sus propias contradicciones. No deja de ser una forma sutil de cobardía, una huida hacia dentro. Negar lo que uno es casi como borrar la raíz de su propia conciencia. Y cuando alguien deja de pensar por sí mismo, deja también de ser un sujeto libre y se convierte en un simple y triste eco que repite lo ajeno por miedo a equivocarse.
Ya no es una persona, sino una sombra más de la caverna de Platón. Y pienso que quizás su miseria no esté tanto en lo que piensa, sino en haber renunciado a pensar.
Porque el razonamiento exige valor, rigor y dudar; sobre todo, dudar. Y la duda cansa, exige y desazona, y por eso muchos prefieren refugiarse en la comodidad de lo que otros ya decidieron que se debe creer, e incapaces de soportar el vértigo de la verdad, son muchos los que se entregan a ideologías prefabricadas y lo que es peor…, se entregan con entusiasmo tragicómico. No buscan comprender, sino pertenecer. El dogma les ofrece el calor estupefaciente que les niega la dolorosa reflexión, porque repetir es más fácil que entender y condenar es más sencillo que dialogar y controvertir.
Así, el pensamiento crítico se sustituye por el Propofol de la consigna, y la mentira colectiva se torna en bálsamo. Pero en ese refugio que es como un fumadero de opio, hay miedo. Miedo a estar solos, a enfrentarse al propio juicio, ¡A la libertad de pensar sin guion! La historia, para ellos, deja de ser una herencia que los enfrenta a sus propias contradicciones y se vuelve un molde maleable y acomodaticio que los tranquiliza, porque la pueden adaptar a cada miedo y a cada inseguridad. Y lo trágico es que, al deformarla, terminan destruyéndose también a sí mismos, porque nadie puede falsificar su pasado sin mutilar su presente.
Quizá la miseria más profunda sea la espiritual, porque niega lo único que podría elevarlos. Porque no soportan su propia pequeñez y rechazan la razón, el mérito y la historia misma, (la suya propia: la común y la subjetiva) como si todo lo que exige responsabilidad fuera una amenaza.
El psicoanalista Erich Seligmann FROMM decía que muchos temen la libertad porque implica pensar por cuenta propia. Y creo que ahí está el fondo del problema; en ese miedo callado a ser responsables de lo que uno cree. Por eso tantos se entregan al relato ajeno y buscan en la obediencia una excusa que los absuelva. Pero esa obediencia no libera, sino que hunde. Niegan la grandeza que todo espíritu humano puede llegar a alcanzar porque el suyo es tan enfermizo que temen verse reflejados en su propia mediocridad. Y así, en su negación constante, se vacían hasta no ser nada. No defienden ideas, solo su incapacidad de tenerlas. Y tal vez esa sea la forma más triste de esclavitud: la del alma que, pudiendo pensar, elige no hacerlo.